
En un reino muy muy lejano, allá donde ocurren todos los cuentos de hadas, había una torre altísima, tan alta que la veleta de su tejado rozaba las nubes y en las noches despejadas hacía cosquillas a la Luna (nadie sabe para qué querían una veleta tan alta, pero ahí estaba, girando al son del viento).
En la cúspide de esa torre vivía una princesa. No era una princesa tonta y remilgada como las de cuento, era una princesita muy especial. Una gran persona que brillaba tanto como la luna. A veces, en esas noches sin nubes, algunos habitantes del reino la confundían con una estrella.
Pero la pobre princesa vivía sola en lo alto de su torre y había pocos príncipes con suficiente valor como para iniciar la ardua escalada hasta ella. Esa era la razón por la que la princesa nunca tenía compañía en su torre. Pero no debería preocuparse porque, el día menos pensado, un príncipe de verdad iría a buscarla y a estar con ella en la torre.
Esa princesa eres tú.
Dedicado a quien se lo envié en un mensaje,
ya sabes que yo he llegado allí porque soy un poco bruja.
Pero hay un príncipe de verdad
(no uno de esos papanatas que pululan por las calles)
buscando tu torre.
Y acabará encontrándola.