
martes, 30 de enero de 2007
Payasos

martes, 23 de enero de 2007
Caricia
domingo, 21 de enero de 2007
Cuando miramos el mundo...
Porque todo,
domingo, 14 de enero de 2007
Recuerdos
Recuerdos
(que, por cierto, no existen en realidad)

Una mirada,
energía que traspasa,
fuegos ardientes del alma.
Un beso,
el primero ante nada,
cambio uno por mil palabras.
Una caricia,
el viento de tu mirada,
tus regalos de mañana.
Un susurro,
un "te quiero", vaharada
de delicias en palabras.
Tu recuerdo,
me persigue hasta en calma,
cuando ya no queda nada.
lo siento, no lo puedo evitar, es el problema que tiene el que te rodee por todas partes
pero a la vez de evite)
jueves, 11 de enero de 2007
Llantos del pasado...
y solamente lloraré
porque jamás podré volver.
Lloraré
y simplemente secaré
las lágrimas que no dejé caer.
Secaré
mi corazón con nuestro ayer
pues nada queda al perder.
Pediré
una vez más
tu vuelta atrás.
Y triste, sola, moriré.
lunes, 8 de enero de 2007
Nadie
Cerró la puerta del piso dando un portazo, para dejar claro a nadie de que se iba, de que no quería regresar a ese lugar invadido por recuerdos de nadie. Saltó escaleras abajo, por los desconchados escalones que no habían sobrevivido al paso de los años, obviando al ascensor, perseguida por una presencia silenciosa que pretendía frenarla y hacerla fijarse en los viejos buzones oxidados, donde nadie aparecía junto a su nombre indicando que la casa la ocupaban ¿dos?, ¿una persona?. Corrió calle arriba, hasta llegar a un parque verde, lleno de parejas, abuelos paseando, niños jugando al cuidado de madres que cotilleaban, jóvenes charlando, pájaros persiguiéndose entre las ramas de los árboles, alguna ardilla que, presurosa, cruzaba uno de los caminos transitados por los paseantes que habían salido a que les diese la luz del Sol y, destacando en mitad de esa nada, nadie yendo hacia ella a abrazarla, a decirla que no, no estaba sola, que ellos dos siempre estarían juntos.
Siguió, tropezándose con el pavimento de la acera, siendo sujetada por nadie para evitar que cayera y se lastimase, tratando de llegar, ¿a dónde? Se perdió, vagabundeó por la ciudad vacía acompañada por nadie, llena de gente con prisa que pujaba por llegar la primera a ningún sitio, cruzándose con los rostros de nadie, pero también de todos tras cada esquina. Caminó, caminó, caminó. Sin rumbo, sin un destino fijo. Nada más que librarse de esa presencia de nadie que la perseguía y buscar, encontrar por fin a nadie que de nuevo, una vez más, le dijese que la quería.
Nadie sabe dónde, nadie sabe cuándo, nadie sabe cómo, nadie sabe por qué nadie se dejó ver, por un solo instante salió de su escondite tras la nada y ella le descubrió y le preguntó por última vez por qué nadie estaba a su lado cuando dormía, porqué nadie la consolaba cuando lloraba, porqué nadie le susurraba las noches de tormenta, porqué nadie compartía el corazón con ella.
Y la respuesta, querido nadie, sólo la sabe...nadie.
sábado, 6 de enero de 2007
Deslizando
(no ando muy inspirada...)
martes, 2 de enero de 2007
Invierno
Por cada copo que cae recuerdo aquellas largas noches de invierno, cuando nos reuníamos toda la familia en torno al hogar y la abuela nos contaba historias de cuando era joven. Algunas asustaban a mis hermanos pequeños. Entonces, mi madre les cogía en brazos y les cantaba al oído, susurrándoles hasta que se calmaban y dormían. Otras veces cantábamos, sobre todo en Navidad. En esa época el pueblo olía a los dulces que preparaban las familias y cada casa tenía una corona de ramas de abeto entretejidas colgando en la puerta. Los niños las hacíamos poco antes de las fiestas, compitiendo para que nuestra puerta quedase mejor decorada que la de los demás vecinos. Mi padre tallaba campanillas y renos de madera que luego colocábamos en nuestra corona. A veces hacía muchos y los vendía por otros pueblos o se los regalaba a los niños para que jugasen con ellos. Cuando yo era pequeña hizo una muñeca de trapo, la rellenó con el serrín de las figurillas que esculpía y me la regaló por navidades. Era la muñeca más bonita que había visto nunca, con sus labios rojos, teñidos con jugo de alguna baya y los ojos negros, hechos con dos botones que le dio la abuela. Los siguientes años, mis regalos de Navidad fueron vestidos para mi muñeca. Cuando crecí y dejé de jugar con ella se la regalé a la hija de mi hermano mayor, con todos sus vestiditos y complementos como mi regalo de Navidad. Aún puedo ver la luz de su sonrisa agradeciéndome el regalo.
Recuerdo también las grandes nevadas, cuando teníamos que pasar días enteros sin salir de casa, con todos los postigos cerrados y el viento aullando a nuestro alrededor. Dormíamos todos juntos, tapados con muchas mantas, pues el frío se colaba por todas las rendijas de las paredes y trataba de congelarnos los dedos de los pies. El fuego pasaba todo el día encendido y, al acabar la tormenta, salíamos a buscar leña al bosque para completar nuestra reserva, que casi se había agotado. Salíamos en grupos grandes porque los lobos estaban hambrientos y era peligroso encontrarse con uno a solas. Todos volvíamos con grandes haces y a mi me solía doler la espalda los días siguientes de cargar con la leña. Un año nevó tanto que apenas podíamos abrir la puerta de casa, hubo que salir por las ventanas a limpiar la calle y cuando lograron apartarla de los caminos el pueblo estaba rodeado de gigantescos montones blancos.
Lo que más me gustaba del invierno era, sin duda alguna, jugar con la nieve. Hacíamos muñecos en la plaza de la aldea, decorándolos con ramas y ropa vieja. A veces los dejábamos sin decorar y luego los destruíamos lanzándoles bolas de nieve hasta que los que vivían en las casas de la plaza nos reñían por manchar de nieve sus fachadas, con lo que teníamos que irnos a las afueras del pueblo a continuar jugando. Teníamos trineos de madera, con los que resbalábamos cuesta abajo por los terraplenes o a los que atábamos a los perros para que nos arrastrasen por la nieve. Otras veces hacíamos batallas de bolas de nieve en el bosque. Nos escondíamos tras los árboles y había que tratar de golpear a los demás y acabar con el menor número de bolazos posible, pero cuidando no dar demasiado fuerte a los más pequeños. En una de estas batallas, cuando yo ya no era tan niña, una bola que venía del chico más guapo del pueblo me alcanzó en la cara. Corrí tras él para devolvérsela y nos alejamos del resto del grupo, él se paró bajo un brote de acebo y cuando yo llegué a su lado me dio un beso. Fue algo tan cálido en el frío día que hacía…
Pero ya no queda nada de eso, la plaza está vacía, por los terraplenes ya no bajan trineos con