Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Susurró hace tiempo la pluma de Neruda a su amante blanco. Yo no, en esta noche aciaga llorar sobre el papel el dolor que nos persigue rompería la pluma, esparciendo la tinta sobre la distancia, mezclando su sangre negra con la tuya. Esa sangre que un día derramaste sin razón, dejando escapar tu vida con ella y llevándote la mía con ella a ese oscuro sin final del que todos sabemos que nadie puede escapar. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. Y nos quisimos los dos. A nuestro alrededor creamos un muro de intimidad que deslumbraba al mundo y hacía volver a tener fe en la llama del amor. Ya no era necesaria una palabra en aquellas veladas, cuando nos susurrábamos todo y nada entretejiendo la maraña de emociones que nos unía cada día más.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Que ya no vas a volver, que hemos perdido una vida juntos y aún no puedo creer en una eternidad a tu lado. Lejos, donde las estrellas atardecen y el tiempo no para de correr con sus segundos de arena hacia un momento infinito. Pensar que ya estás perdido y no pude despedirme. Saber que todo se truncó en un imperceptible instante. Querer soñar que tu último pensamiento fue para mí.
Dicen que las palabras se las lleva el viento. Y eso es lo que quiero que ocurra con éstas. Que vuelen, vuelen más allá de las fronteras de la luz y la ilusión, que lleguen a ti como un canto, como un último adiós agonizante en mis labios. Que pierdan el sentido hasta ser un sentimiento. Que dejen de ser palabras. Que sólo diganTe quiero.

