Te desestabilizo y tú, desmemoriado como en aquella pesadilla de la que me dejaste despertar desenfadada, te dedicas a los desplantes y destronas a otra princesa dorada. A cambio, decides tomar el metro treinta y tres, como los médicos, y apagas todas las farolas de gas que van desde la esquina hasta mi habitación. Vistes de azul metálico, camuflaje ideal para un lobo de acero entre ovejas eléctricas desconociendo que lo mío son las jirafas de algodón. Si me desvelo podré verte desplazándote sin miedo paso a paso, descuidando los despieces de mi cama que dejaste bajo la almohada para que crea que de nuevo existe el ratoncito Pérez. Pero no estás, así que te despido deslenguada, inmersa en un insomnio delirante que desdice tus palabras mejor que tú.
Descalza, deslumbrada. Invito yo.
Descalza, deslumbrada. Invito yo.
Edité un "te" que se me había colado... (o me lo había bebido, para variar)



