domingo, 13 de febrero de 2011

Cuentos de hadas

Vellucent vellum binding, early 20th century



Ahora que somos iguales, que hemos bebido de las mismas aguas aunque haya miles de fuentes, aprendido de los mismos libros, las mismas manos, mismos cuentos.

Que conocemos las mismas historias y las cambiamos por esquimales, animales, cafeteras y una vespa.
Que memorizamos los mismos trazos aunque pintemos de otros colores.
Que componemos con los suspiros, las pausas, los humos repetidos.
Que idealizamos todos igual.



Ahora que no sabemos contar otra cosa
me pregunto por dónde seguir. Yo.

jueves, 10 de febrero de 2011

A la silla la reina...

Si estáis interesados en el diseño (y si no, quizá también) conoceréis algunas de las sillas de diseño más emblemáticas, como el sillón Barcelona, del arquitecto Mies van der Rohe, la silla roja y azul de Rietvel, el sillón huevo de Jacobsen, la silla; Paimio de Aalto..



... y el sillón Wassily.


Diseñado por Marcel Breuer en 1925 tiene una estructura de tubos de acero, inspirada en la de una bicicleta diseñada anteriormente, con los brazos el respaldo y el asiento de cuero originalmente negro o marrón y actualmente de más colores. Inicialmente era conocida como Modelo B3, pero no tengo muy claro si relación que tuvo con el pintor Wassily Kandinsky fue que Breuer fabricó un duplicado de la misma para su estudio, al ver su admiración por el diseño de la silla o que realmente fue proyectada para su residencia (aquí y aquí dicen cosas contradictorias, incluso en este otro aquí dicen que el nombre fue en homenaje). Comenzó siendo producida por una empresa del propio Breuer pero pronto cambió a otros fabricantes, siendo re-editada en los años 50 y desde entonces fabricada por diferentes marcas.

No sé cómo llegó a mi casa, hasta qué punto es auténtico ni el precio de ese ejemplar exactamente. Sólo sé que, desde que tengo memoria, ese sillón ha rondado por nuestro salón. ¿No es elegante tener algo así? ¿A que queréis uno para vuestras oficinas y/o casas? Esos acabados suaves y brillantes, lo cómodo que parece sentarse y apoyar tu espalda sobre el respaldo ligeramente inclinado...

Pues no, señores. ¡Pensad en los niños! Que no pocas veces habré trasteado yo entre las tiras de dicho sillón para acabar medio atrapada entre la que hace de asiendo y la de respaldo. Y gracioso sería un rato, un sillón tan ligero tragándose a una niña, pero bien que me costaba salir sin rasparme demasiado.



 Edito: Mi padre casi me mata por preguntarle si el nuestro es auténtico... Lo es, lo compraron como regalo de bodas :)

sábado, 5 de febrero de 2011

Vacía




El otro día estuve en la nueva habitación de V., en mi antigua residencia. Aparte de que tenía la cama junto a la ventana, al contrario que antiguamente, había algo más cambiado. No me di cuenta de qué era hasta que nos fuimos. Era el ambiente. La habitación era mucho más acogedora. Eso, sumando al olor de los pasillos, a la luz encendida solo en tramos en esos largos pasillos de hospital, con puertas inmensas y pesadas, me hizo añorar la que hasta el año pasado fue mi habitación.

Supongo que era porque no había estado dentro de la residencia desde que la dejé, el cinco de julio del año pasado, así que no tenía cosas con las que comparar, pero hasta entonces no había echado tanto de menos los años en la residencia. No hablo ahora de estar en Valladolid, de estudiar allí y poder ir a tomar un café o un té con mis amigos. Hablo de la residencia y mi vida allí (por escasa que fuera mi vida social dentro de ella). De mi habitación y las cosas que he vivido tanto en ella como en las habitaciones de mis amigos. Las cenas primero en la de A. y con el tiempo en la de V., principalmente. Mi tiempo trabajando y estudiando entre las paredes blancas. Mi tiempo mirando por la ventana, al ordenador, durmiendo o leyendo, hablando con alguien que se había encariñado con mi gran pato de peluche. Las noches en que llegué borracha, en que me fui a las tantas a la cama (y no precisamente por haber estado de fiesta), en que escupía las lágrimas que había tratado de tragarme el resto del día... Es la habitación de mi primera entrega, de mis primeros días durmiendo dos, una o incluso ninguna hora, de estudiar historia, de las acuarelas, de pelearme con los estilógrafos rellenables en el lavabo, de hacer maquetas, de mis primeros tés de fresa, del olor a vainilla, del teléfono que todos alguna vez hemos desconectado para sentirnos aislados.

Mi habitación actual es demasiado pequeña para acumular tanto (salvo polvo y virutas de cartón-pluma). Las paredes no son blancas y lo único que tienen son dos fotos enormes de dos flores rojas. Solo sé mirar con cariño los vinilos del armario, si alguien me apura, la mesa. Pero apenas cabe y la tengo demasiado cerca. Tengo en la habitación todos mis libros, mis apuntes, mis papeles, mis materiales de maqueta, mis pinturas, bolígrafos, reglas, bolsas y carpetas tamaño A2, una cajonera con más bolsas, regletas de enchufes, cajas, papelera, calentador, lámparas, mesilla de noche, armario, mantas peluche...


Y está vacía. He intentado llenarla pero queda vacía. Absoluta y completamente vacía.

Eso sí, tengo una bonita cama de uno cincuenta.





Foto tomada con Instagram